miércoles, 18 de julio de 2007

La Ciudad de la Alegría... (Excelente)

Contábamos nuestras historias de los últimos años, en aquellos que no nos habíamos visto. Cada ronda de cerveza y unos buenos cigarros acompañaban las risas, los asombros y las concentraciones en cada relato.
Le llegó el turno a Berns, quien siempre contaba historias cómicas, anécdotas llenas de desopilantes eventos. Pero esta que comenzaría a contarnos no era una de ellas. Nos dimos cuenta cuando sus ojos se perdieron en el fondo de su vaso vacío como si las imágenes del pasado estuvieran allí dentro… Y contó su historia.
“Hace unos años que vengo con tratamientos para combatir el maldito cáncer en mí y en una de esas internaciones que me vuelven loco por el encierro, conocía a una personita muy interesante.
Como no podía fumar dentro del hospital, trataba de calmar mi ansiedad caminando por los pasillos una de esas noches silenciosas. De vez en cuando se escuchaba el sonido de esos horribles aparatos que evitan que la gente se escape del mundo (se sonrió). Me llamó la atención una habitación con un velador prendido. En aquel cuarto estaba un niño de no más de diez años, me imaginé que tenía de esos cánceres de mierda porque estaba completamente calvo por la quimio.
Pero fue otra cosa que me llamó la atención de él. Estaba sentado en la cama con unas hojas grandes y unos crayones, dibujando algo pensé. Me le quedé mirando un buen rato desde el pasillo hasta que ese chico se percató de mi presencia. Me miró y se sonrió, luego dio vuelta la hoja y me enseñó lo que estaba dibujando.
-¿Te gusta?-, me preguntó.
No alcanzaba distinguir, más aún con la penumbra del pasillo, así que me acerqué hasta ingresar a su cuarto.
-Se muy bueno- le comenté. Era como un bosque lleno de árboles grandes, flores y muchos pájaros, realmente era asombroso como dibujaba ese niño.
-¿Sabes que es?- me volvió a preguntar.
-Un bosque… ¿verdad?-
- Es el camino a la ciudad feliz.- me corrigió.
Yo asentí sin saber que otra cosa decirle.
-¿Sabes donde está la ciudad feliz?
Comencé a creer que tal vez su tratamiento le estaba provocado algún delirio o simplemente era la imaginación de un niño.
-¿Tus padres no se quedaron a hacerte compañía?- le pregunté ahora a él.
-Estuvieron hace un rato, luego iré con ellos- me respondió sonriendo.-Pero no me contestaste si sabes donde está la ciudad feliz.-
Entonces, como para darle el gusto, le dije que no sabia pero que me gustaría que me lo dijera.
-¿Por qué tienes los ojos así?-
Esa pregunta me respondió, ya me estaba asegurando que algún medicamento le provocaba desvaríos. Pero le seguía la corriente.
-¿Qué es lo que tengo en los ojos?-
-Los tienes tristes-
-¿Por qué los tendría tristes?... Tal vez sea el acostumbramiento a la luz. Venia caminando por el pasillo semi oscuro.
-No, yo creo que vistes muchas cosas feas.
No comprendía lo que el chico se quería referir.
-¿A qué te dedicas?
-Soy mecánico- le respondí
-¿Y qué más?-
-Nada más… Solo eso.
-Mi papá tuvo un tiempo los ojos como los tuyos, luego mi mamá también y mi hermano con el tiempo también estaba así.-
-¿Y qué tiene que ver eso conmigo?- ya causándome curiosidad.
El niño saltó de su cama y se dirigió hacia una mesita donde había una carpeta casi tan grande como él. La tomó y la depositó sobre la cama; me invitó a sentarme en ella mientras abría la carpeta.
En su interior había muchos dibujos, el primero de ellos era tan bueno como aterrador. Era una escena de gente tirada en el piso, con manchas que parecía sangre, unos soldados, que se los veía heridos, unos niños muy flaquitos como si tuvieran hambre y una ambulancia con una enfermera y un doctor.
-¿Esto es un dibujo que muestra que cuando la gente no se pone de acuerdo con lo que piensan, pasa esto. Cada uno ve una realidad diferente salvo una que es la que las mismas personas se impusieron siempre.- me explicaba el niño.
-¿Y qué realidad es esa?
-La que nos dijeron que alguien tiene que tener la razón-
Observé al niño asombrado y admirado por su punto de vista, luego volví a recorrer ese dibujo.
-¿Entonces crees que terminamos así? ¿En una guerra?
-Como pasó en nuestro país.
Empecé a ordenar los pensamientos y se me ocurrieron algunas preguntas para formularle. Sabiendo que nunca fui muy sutil, largué mi pregunta como me vino.
-¿Tus padres y tu hermano vivieron la guerra?
-Sí, como tu.
No dejaba de asombrarme y como pudo saber que en verdad estuve en la guerra.
-Es verdad, combatí hace uso años atrás. ¿Por eso me dices que tengo los ojos tristes?
-A la gente que vio cosas malas se le nota.
-Es posible… ¿Y como crees que se puede curar eso?
-No con quimioterapia.
-Claro, eso es para lo otro que tenemos y no vino con la guerra.
-Sí, vino con la guerra
-La guerra no me provocó el cáncer que tengo, vino mucho después.
-La guerra te provoca odio, angustia, tristeza, miedo… Todas esas cosas provocan cáncer.
Yo lo miraba y ya me parecía que hablaba con un filósofo y no con un niño.
-O sea que lo que me quieres decir es que nos enfermamos a nosotros mismos.
El niño pasaba las hojas con sus hermosos dibujos, algunos me llamaban la atención, en uno de ellos, había dibujado a un hombre inmenso que miraba desde unas nubes a la gente pequeña que estaba debajo. Algunas personas tenían cara de asustadas o preocupadas, otras con rostros enojados.
-¿Ese señor grandote sería Dios?- le indagué.
-Así es, y mira lo tontos que somos.
-¿Por qué tontos?
-La gente cree que Dios los castiga y deja que haya guerras, enfermedades, hambrunas. Creen que Dios nos los escucha cuando rezan. Otros creen que todo son pruebas y hasta algunos dicen que Dios nos hace sufrir para ganarnos el cielo. Cuando yo me portaba mal, mi papá me retaba, me daba lecciones para que aprendiera y no cometiera errores. Pero nunca me deseo que tuviera cáncer o pasara una guerra para que me hiciera fuerte o aprendiera. Si Dios es nuestro padre, ¿por qué iba a hacerte que tuvieras cáncer o fueras a la guerra? ¿No es que dicen que Dios es amor?
Mi estupefacción iba creciendo; no podía imaginar de donde este pequeño sacaba tan enormes pensamientos, equivocadas o no.
-Solo puedo decirte que es más complejo de lo que parece. Cuando uno llega a grande las cosas se ven distintas.- le comenté.
-Y sí, lo sé, cada vez que escucho eso me suena a excusa.
Yo me reí y luego lo miré como me miraba. No se había ofendido por esa risa mía, más bien me miraba con compasión, como si yo fuera un simple estúpido no comprendiendo lo que pasaba; y en verdad comencé a sentirme así.
Él me mostró otro dibujo, se trataba de varias personas sentadas en el suelo con sus manos tapándose los ojos.
-¿Y eso que significa?- le indagué.
-Son los que tienen miedo de morir… Ellos solo le temen y no saben por qué.
-Pues es natural que muchas personas le teman.
-¿Por qué le temerían a algo que no existe?
-Es que si existe… Desgraciadamente pasa.
-Que pensamiento tan pequeño creer que alguien nace para vivir tan poco en el tiempo que tiene el universo. Quisiera saber cuando los hombres dejaron de creer en ellos mismos.
-Mira, pequeño, quisiera responderte a todas tus dudas, pero no tengo las respuestas, realmente no se porque pasan las cosas que pasan en esta vida.
-Es que yo no tengo dudas. Mi pregunta es porque las tienes tú.
Sentía que tenía razón, pero no sabía que era toda esta conversación. Me había dedicado a luchar por mi familia y mi país. Por un lado sabía que había hecho lo correcto pero por el otro reconocía que no me sentía del todo satisfecho.
-¿Qué dudas crees que tengo?
El me miró directo a mis ojos. Sentí que sus enormes ojos marrones penetraban por los míos y se introducían como un pulso eléctrico hasta el centro de mi pecho.
-Dudaste de tu bondad… Ya no crees que eres buena persona porque hiciste cosas muy malas en la guerra. Tanto es, que piensas que tu enfermedad es un castigo que mereces.
Me enseñó otro dibujo. Se trataba de alguien que caminaba por un sendero o más bien estaba detenido con rostro dubitativo. Se lo veía apesadumbrado a aquel hombre dibujado pero el resto del paisaje era maravillosamente precioso.
-Este señor, se perdió, no sabe a donde va- me explicaba el niño- entonces se preocupa y su preocupación distorsiona todo lo que ve. Ya no reconoce el paisaje. Pero el paisaje no cambió, quien cambió fue este señor por su malestar; está mas atento a sus penas que lo que le rodea. Lo que antes disfrutaba ya no lo ve. No puede ver la belleza en su entorno porque le pesa el alma.
-¿Y entonces?... ¿Cómo hace para volver a encontrar el camino?- le preguntaba siendo yo ahora el apesadumbrado.
-Debería ver lo que no puede ver en su entorno, en su interior. ¿Sabes porque una montaña o un lago pueden ser hermosos para ti?
-¿Cómo?
-Porque tienes el corazón hermoso, porque te sientes bien y lo bueno atrae a lo bueno. Mi padre me contaba de las leyes del universo y una de ellas es la ley de la atracción. Lo bueno que piensas es lo bueno que ves y que te va a pasar.
Da vuelta la hoja para enseñar otro dibujo. El mismo señor, ahora estaba sentado al borde de algo parecido a una colina observando un lago con el sol reflejado en sus aguas. Maravilloso bosquejo.
-¿Este señor ahora si puede ver la belleza de su entorno?
-Aún no, pero va en buena dirección. Se sentó a reflexionar sobre lo que sentía, a preguntarse porque no encuentra el camino. Se va dando cuenta que en el exterior no está el motivo de sus penas. Sabe ahora que frente a él hay un hermoso lago.
-¿Y cómo crees que puede encontrar las respuestas?
-Medita sobre ello. Si el dolor está dentro de él, la cura está también dentro de él.
En otro dibujo, este señor volvía al sendero anterior, pero ahora con un rostro sonriente.
-Parece que encontró lo que necesitaba.- le comenté.
-Supo que todo estaba en él. Se había hecho cargo de todas las culpas, sintió que había traicionado a lo que era y sintió culpa por ello. Le enseñaron en esta vida que había que sentirse culpable por aquello que no nos salía. La gente suele aceptar sin oposición que son lo que son sin más por mejorarse, sin más que hacer, porque es gordo, feo, porque le hizo mal a alguien que amaba, porque creen que nadie lo va a aceptar como es, por su orgullo, por tantas cosas. Luego hablan de Dios como si todo lo tendría que hacer Él. Y si Dios te hizo a su imagen y semejanza… ¿No crees que seas un Dios en potencia?
Lo volví a mirar y sentía una serie de cosas que se entre mezclaban en mi interior. Por un lado me sentía avergonzado, pero por otro, era como si alguien me estuviera quitando una mochila.
Volvió la hoja para descubrir casi el mismo anterior, con el señor en el sendero pero con la diferencia que había otras personas con él, caminando en la misma dirección. El niño se refirió a la escena.
-Acá, el hombre descubre que no está solo en el camino, que son más y a medida que haga su camino se sumarán más y más. Gente como él, que antes se sentían culpables de sus defectos. Todos ellos se perdonaron a si mismo; aprendieron a amarse, perdonaron a los otros y ahora pueden amar a los demás y compartir el mismo camino.
Por primera vez en muchos años, mis ojos se llenaban de lágrimas y un nudo se atoró en mi garganta.
-Ahora terminé de dibujar este bosque que te mostré al principio. Es la antesala de la Ciudad Feliz. Tataré de terminarlo esta misma noche si es que el sueño no me vence antes.- se sonrió el niño.
Me refregué un ojo antes que se le cayera una lágrima y le pregunté al niño su nombre.
-Me llamo Abel Gray ¿Y tú?-
-Berns… Berns Atkins.
Me tendió la mano y yo se la estreché con gusto. Cuando lo hicimos, sentí tanta paz en mi interior, definitivamente este niño había provocado algo en mi.
-Dejaré que termines tu dibujo. Mañana por la mañana pasaré a verlo si quieres.
-¡Claro!... será un placer.
Luego de un instante en silencio, observando a ese maravilloso niño, me dispuse a salir de su habitación. Pero antes, unas últimas palabras de él me detuvieron en la puerta.
-Berns… Un cáncer en el cuerpo se pude curar o no, pero no dejes que jamás un cáncer te invada el alma.
Asentí, le sonreí y ahora si me fui lentamente por los pasillos del hospital hasta mi cuarto. Ya no me parecían tan oscuros entonces.
Casi no dormí aquella noche, pensando en todo lo que ese niño me había contado y enseñado. Me puse a pensar si realmente había pasado todo ello. Estaba ansioso por saber como sería su último dibujo.
A la mañana, me levanté, me puse la bata y salí hacia el cuarto de Abel, era tanta mi curiosidad o mi deseo de volver a ver a ese niño que ni siquiera acepté el desayuno.
Cuando llegué, la habitación estaba ocupada por una mujer. Me cercioré si esa era la habitación de Abel. En verdad no estaba seguro; miré por otras puertas sin encontrar respuestas.
Intercepté a una enfermera que caminaba por el pasillo para preguntarle por Abel, qué habían hecho con él, si lo habían trasladado o me había equivocado de sector.
La enfermera me miró consternada.
-¿Usted es familiar de Abel Grey?
Ante la dude le respondí que era un amigo, que nos conocimos de estar allí.
-Lo siento mucho señor… pero me temo que Abel Grey falleció.
Me quedé petrificado, no podía entenderlo ni aceptarlo.
-¡Pe… Pero…. Pero cómo… Anoche lo vi bien. Estuvimos conversando, me enseñó lo que estaba dibujando!
-¿Anoche dice usted?...Señor, Abel murió hace dos días.
-¿Qué? ¿Cómo?... Anoche estuve con él. Yo... yo…
-¿Usted es el señor Berns Atkins?
-Sí. Soy yo.
La enfermera parecía saber algo sobre mi; inmediatamente me pido que la acompañara a la oficina de enfermeras. Al llegar allí, ella abrió una gaveta y sacó una gran carpeta. Me extendió para que la tomara.
-Él señor Grey nos habló de usted y nos encomendó que le entregáramos esto a usted.
Yo tomé la carpeta lentamente. La reconocí inmediatamente.
-Son sus dibujos- comenté casi en un murmullo.
-En verdad tenía un buen pulso a pesar de su enfermedad y su edad- dijo la enfermera.
Levanté la cabeza lánguidamente para mirarla
-¿A que edad se refiere?
-A sus casi 79 años.
Yo no entendía bien si se estaba refiriendo a la persona que yo había conocido,
-Era un niño- solo atiné a decirle.
-Oh, claro… Tenía un alma de niño, casi se comportaba como tal, nos hacia reir. Era una persona muy fuerte y sin temor a nada… Lo vamos a echar de menos.
La enfermera me observó con ternura, luego me palmeó una mano en señal de comprensión para luego marcharse.
Me quedé unos minutos en el medio del pasillo, parado tratando de ordenar mi interior. No sabía como explicarme lo que sucedió. Luego me senté en una de esas bancas del hospital y abrí la carpeta. Repasaba cada uno de esos maravilloso dibujos que Abel me había mostrado, pero sobre todo, todo lo que nadie me había enseñado en la vida, de la vida, en una simple noche.

Berns, dejó su vaso sobre la mesa. Todos nos quedamos mirándole en silencio, absortos, con el corazón en la boca. Luego de un buen rato, le pregunté a mi amigo si había visto completo aquel último dibujo del niño.
Berns se agachó para extraer algo de su bolso. Luego depositó sobre la mesa una inmensa carpeta de tapas de cartón color verde.
La abrió parsimoniosamente y fue pasando todo aquellos dibujos que nos había comentado, eran realmente maravillosos. Se quedó mirando con una leve sonrisa y paz en su rostro a el último dibujo. Luego lo alzó para enseñárnoslo a todos en la mesa.
-Esta es La Ciudad de la Alegría.
Era un dibujo de una simple ciudad, con personas caminando, automóviles, gente que trabajaba, parecía todo normal, a todos se los veía sin problemas aparente.
Una de nuestras compañeras comentó que era un lindo dibujo pero no encontraba nada especial, tan solo una ciudad como cualquier otra.
Berns se sonrió y le respondió:
-Así es, es la misma ciudad que ves todos los días, la que vemos todos… Es la ciudad que algún día, cuando nos liberemos de nuestras penas podremos ver como la Ciudad Feliz. Lo que ves ahora no es el dibujo sino lo que ves en tu interior.
Luego de otro silencio respetuoso y de reflexión, de miradas cruzadas y desnudas, uno de nosotros levantó su vaso y dijo.
-¡Brindo por la Ciudad de la Alegría y por los Abel Grey!
Todos levantamos nuestros vasos y brindamos.... (Extraido de un grupo de internet)
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