lunes, 10 de septiembre de 2007

Como agua para chocolate...




En 1669, Brandt, químico de Hamburgo, buscando la piedra filosofal
descubrió el fósforo. Él creía que al unir el extracto de la orina
con un metal conseguirla transmutarlo en oro. Lo que obtuvo fue un
cuerpo luminoso por sí mismo, que ardía con una vivacidad desconocida
hasta entonces. Por mucho tiempo se obtuvo el fósforo calcinando
fuertemente el residuo de la evaporación de la orina en una retorta
de tierra cuyo cuello se sumergía en el agua. Hoy se extrae de los
huesos de los animales, que contienen ácido fosfórico y cal.

Mi abuela, Luz del amanecer, una india Kikapoo, decía que todos
nacemos con una caja de fósforos en nuestro interior y que no los
podemos encender nosotros solos. Necesitamos, como en este
experimento, del oxígeno y de la ayuda de una vela. Sólo que en
nuestro caso, el oxígeno debe provenir por ejemplo del aliento de la
persona amada. La luz de la vela puede ser cualquier cosa, una
melodía, una palabra, una caricia, un sonido. Algo que dispare el
detonador y encienda una de las cerillas.

Cada persona tiene entonces que descubrir cuáles son sus detonadores
para poder vivir, ya que la combustión que se realiza al encenderse
uno de ellos, es lo que nutre de energía al alma. Si no hay detonador
para los fósforos entonces la caja de cerillas se humedece y ya nunca
podremos encender uno solo de ellos.

Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante
por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar
alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado
inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo.

Por eso hay que permanecer alejados de personas que tengan un aliento
gélido. Su sola presencia podría apagar el fuego más intenso.
Mientras más distancia tomemos de estas personas, será más fácil
protegernos de su soplo. El alma desea integrarse al lugar donde
proviene, dejando al cuerpo inerte.

Hay muchas maneras de poner a secar una caja de cerillas húmeda.
Se puede estar seguro que sí tiene remedio, claro que también es muy
importante encender las cerillas una por una, ya que si por una
intensa emoción llegamos a encender todas de un solo golpe,
se produce un resplandor tan fuerte que aparece ante nuestros ojos un
túnel, esplendoroso, que nos muestra el camino que olvidamos al nacer
y que a la vez nos llama a reencontrar nuestro perdido origen divino.

FUENTE: ESQUIVEL, Laura: `Como Agua para Chocolate', escritora de
México, libro publicado en 1989.
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